Crónica I
Primero lo primero
Por Andrés Burgos
Parto desde Bogotá hacia el occidente del país en busca de un lugar donde se termine la carretera, donde no haya ninguna posibilidad de continuar. Iré escalonando el recorrido entre manifestaciones acuáticas (quebradas, ríos, lagos y cuanto etcétera se acerque a esta idea). ¿Por qué? La respuesta es otra pregunta: ¿Y por qué no? Si se los propusieran, ¿no lo harían ustedes? Voy en una Ford EcoSport y tengo salvoconducto de autonomía.
La ciudad se encoge en la distancia, pero de alguna forma las ascuas de su neurosis continúan respirándome en la nuca. “Que la cuenta del gas, que el día tiene que rendir, que la fecha límite para entregar el formulario de…”
Confío en que mi rigidez urbana se disuelva con la primera parada: El desierto de Zabriskie. Se trata de una disidencia árida en una altiplanicie de predominio verde. Su verdadero nombre es Desierto de la Herrera, pero caló más el apodo que seguramente le pusieron en una situación no rastreable de una época desenfrenada. Hoy la mayoría de los habitantes de Mosquera, Cundinamarca, aunque no tiene ni idea de que hubo una película que inspiró el nombre, pronuncia la palabreja como si hubiera estado entre ellos desde siglos atrás.
El horizonte abruma, tiene ese halo misterioso que comparten todos los desiertos. Resultaría una locación perfecta para rodar una película de vaqueros criolla. Da gusto estar aquí, pero hay que continuar la jornada pues el equipaje indeseado de estrés sigue vigente; es un polizón que sabe que tengo espacio de sobra en el compartimento secreto de la camioneta. “Que se me olvidó hacer una llamada, que el cheque aún no sale, que hay que reprogramar la cita…”
Algo de alivio sobreviene, luego de descolgarse por la cordillera, en los alrededores de Tena. Una trocha demanda atención, pide abandonar la vía principal y exige que la EcoSport despliegue el 4x4. Tras unos pocos kilómetros, camuflada entre una espesa vegetación, se entrevé la laguna de Pedro Palo. Es una esfera casi perfecta de agua que reparte su reflejo entre el cielo y el bosque. Hermosa pero evasiva. Sus reglas y accidentes geográficos no permiten acercarse demasiado ni dominarla completamente con la mirada. Es arisca como un animalito tímido. Me quedo arrobado unos minutos. Sin embargo, hay que marcharse pronto. Aparece un vigilante inflexible y tengo que buscar un estímulo más contundente para opacar la vocecilla de la ansiedad capitalina.
“Que falta conseguir un sello, que el técnico no puede venir esta semana, que ese documento ya se venció…”
El estrés de la ciudad me persigue hasta Tolima. Aprecia conmigo el paisaje geométrico de los sembrados de arroz y sonríe, a la salida de Espinal, con las distintas versiones de marranos que nos otorga el camino. Lechón vivo, lechona sobre la mesa y lechoncito de barro hecho alcancía entre las artesanías de La Chamba. Continuamos inseparables hasta que el Magdalena nos cierra el paso en una vía alterna. No hay un puente en kilómetros, tampoco un alma. Solamente el río, que consciente de su poder, invita y amenaza al mismo tiempo. ¿Será que…?
Me respondo con la pregunta que responde muchas preguntas de este recorrido: “¿Y por qué no?” De súbito estoy sumergido hasta que los pulmones me lo permiten. Debo aferrarme a las piedras del fondo para que la fuerza del agua no me arrastre y no tengan que recuperar mi cuerpo en Barranquilla. Cuando salgo a la superficie ha desaparecido el sofoco ribereño que me adhería la ropa al cuerpo. Pero lo más importante es que también empieza a diluirse mi carga indeseada e invisible, llámese como se llame: neurosis urbana, estrés, ansiedad… Se la está llevando la corriente y el coro repetitivo que tuve como banda sonora durante cientos de kilómetros ahora no logra consolidarse.
“Que… Ehhh… Que… Este… El…”
O bueno, tal vez sí logra articular un mensaje, pero lo hace de una forma totalmente opuesta. Lo único que importa ahora es el viaje. Primero lo primero. Los agobios de la ciudad pueden esperar.
Crónica II
Una experiencia casi mística
Por Andrés Burgos
De entrada me disculpo por contrariar las sentencias de la música tradicional colombiana. Pero hay que decirlo: Los guaduales no lloran. Por lo menos no los que se mecen, alegres, al paso de la EcoSport por la carretera. Estos saludan dando la bienvenida con curiosidad hospitalaria.
Es que en el eje cafetero todos son amables. La gente, la vegetación, el clima y los caminos. Un ejemplo de vía cálida es la que lleva desde Quimbaya, en el Quindío, hasta mi próxima estación acuática. Cada kilómetro es una postal que intercala el arropamiento de los árboles con un horizonte delineado por colinas en muchos tonos de verde.
La carretera, estrecha pero generosa, se brinda entera para el disfrute. El resto queda a criterio de cada quien. Es un trabajo en equipo. A mí los frenos ABS me permiten despreocuparme de las sorpresas que puedan traer las curvas cerradas. Saboreo la ruta porque la Ford EcoSport me llevará sin problema hasta límite con el agua, donde me embarcaré.
El descenso en balsa por el río La vieja, o balsaje, como le llaman por estos lares, ha tomado fuerza en los últimos años en la región. No hablamos de un deporte extremo, el objetivo no es producir adrenalina. Por el contrario, el recorrido se convierte en una terapia de relajación, en un spa geográfico y visual.
La corriente está enmarcada por franjas de bosque nativo, que nunca llegan a ser tan espesas como para opacar el paisaje de montañas y pastos que se despliega detrás. Hay tiempo para nadar y juguetear todo lo que se desee, pero tarde o temprano la calma se apodera de los navegantes. La totalidad del recorrido, hasta los linderos de Cartago, es ajena a cualquier ruido que no sea el trino de pájaros atrincherados en los árboles, la algarabía de las chicharras invisibles, el crujido de las guaduas cuando las dobla el viento y el sonido de las varas de los bogas que se hunden en el río para impulsar la balsa. Y por tramos largos sólo el silencio. O un rumor muy leve de la corriente tranquila, que es casi lo mismo.
Sobrecogedor. Incluso para mí, que no tengo un ápice de misticismo y practico la meditación no trascendental. La liviandad que contagia el río me llena de buenos propósitos. En adelante seré mejor persona, disciplinado, comeré más sano…Nada de esto se cumplirá, por supuesto, pero se siente bonito pensarlo. Y se lo debo a esta excursión.
Y falta lo mejor. A la mitad del recorrido hacemos escala en una orilla para una corta caminata. Diez minutos más tarde, un nudo tupido de vegetación nos regala una cascada.
Sólo quien se ha enfrentado a un chorro salvaje cayendo desde la altura sabe la distorsión de tiempo y espacio que crea atravesar la corriente de una cascada. Únicamente quien lo ha hecho entiende la extraña energía que inyectan sus golpes en los hombros. Por eso no voy a gastar palabras tratando de describir lo que siento mientras el agua aterriza en mi cabeza. Me limito mejor a extender la invitación a atreverse. Con la mitad de una experiencia así cualquiera adquiere, como mínimo, una instantánea para recordar y añorar el resto de sus días.
Crónica III
Ojos que no ven, corazón que no siente
Por Andrés Burgos
Las carreteras colombianas son historias solidificadas en asfalto, gravilla, o pantano. Cuentos repletos de sorpresas, curvas sinuosas y giros inesperados. Nuestros caminos con frecuencia evitan el molde de la cordura. Como la vida misma en este país, a la que se pueden aplicar muchos adjetivos, menos el de ser aburrida.
En el tercer día de este viaje practicando EcoSport he visto:
Un motel en Flandes, Tolima, llamado los K3.
Un espejo de agua que se comporta como una mujer esquiva. La laguna de Pedro Palo es cicatera con su belleza y rehúye de los ojos ávidos de los forasteros.
Montallantas (en la costa los llamarían “llanterías”) donde no se sabía si estaban reparando o destruyendo.
Objetos embellecerse al cubrirse de barro, como las llantas de la Ford EcoSport luego de sortear trochas enemistosas. También he visto el barro convertirse en objetos bellos en manos de artesanos.
Bandadas de aves formando figuras en su vuelo acechante sobre los cultivos de arroz en Espinal.
Un niño de diez años manejando una moto de 125 centímetros cúbicos.
Una bicicleta de actitud retadora rodando en contravía, por la mitad de la calle, que me hizo entender el concepto de frenos ABS y por poco me explica el funcionamiento del air bag.
La sonrisa monalisesca de una lechona, un gesto misterioso que no logran reproducir ni las manos prodigiosas de los artesanos de La Chamba, Tolima, en sus alcancías de barro con formas de marranitos.
Una mujer de demencia evidente, caminando de la nada a la nada, al borde de la carretera, lejos de cualquier asentamiento humano.
La publicidad del Trío Andes, quienes ante la falta de recursos para contratar una valla decidieron pegar un pendón en la pared de un tugurio al borde de la vía. Atienden misas, serenatas y exequias.
Miles de golondrinas amontonarse para dormir, casi codo con codo (¿tienen codos las golondrinas?) en los cables que unen dos torres de energía en la ribera del río La vieja.
En este recorrido buscando el final de la carretera he visto muchas cosas. Y espero volver pronto y ver más, porque así como uno no se baña dos veces en el mismo río, no recorre dos veces la misma carretera. Todo depende de los ojos con que se mire el camino.
Crónica IV
Apuntes de viaje
Por Andrés Burgos
La suavidad con la que se desliza la EcoSport por la carretera se convierte en un mantra. Entro en un estado reflexivo que de sabiduría no tiene nada pero alimenta mi libreta de apuntes. Debería escribir algo sobre el sistema de conectividad My Connection o consignar que todas las ventanas se abren automáticamente con un solo toque. Tal vez elogiar las ventajas de una camioneta compacta… Pero no. Como un alumno distraído me dedico a la divagación:
Cualquier cosa que se olvida dentro de la maleta o el morral y hay que sacar con urgencia está en el fondo. Debe desocuparse todo el contenido para alcanzarla.
Después de cierta edad, empezar a practicar deportes extremos magulla más la autoestima que el cuerpo.
No importan la raza, la clase social, ni el credo. Siempre habrá que detenerse para que alguien alivie la vejiga al borde de la carretera.
La gente de los pueblos pequeños tiene un código indescifrable que les permite saber de quién son las gallinas y marranos que vagan libres por ahí. Nunca compartirán su secreto con nosotros.
Los planchones son la evidencia de que en Colombia la geografía aún es más fuerte que la carretera.
Las cordilleras de nuestro país controlan que la señal del teléfono celular sea inversamente proporcional a la urgencia de una llamada.
Hay pueblos donde la navidad dura todo el año. O por lo menos su decoración, que sigue celebrando en pasacalles, ajena al sol y al polvo. Son los mismos lugares donde aún se puede encontrar publicidad política de las elecciones al congreso de 1986.
Ciertos anuncios de carretera tienen una ortografía propia, muy parecida a la que mucha gente usa en internet y en los mensajes de texto.
Hay niños de tierra caliente a los que les ponen ropa por primera vez a los seis años. A los nueve están manejando una moto de alto cilindraje.
Aunque suene a una obviedad, es bueno mantenerse alejado de los cactus. Quien no repara en las obviedades puede encontrarse, incluso días más tarde, arrancándose púas de lugares nada piadosos.
Los mosquitos son el impuesto de estadía que cobran algunos paraísos.
¿Quiere robarle una risa, quizá una carcajada, a un niño campesino? Pregúntele si ese insecto aterrador que usted tiene al frente pica.
Ni siquiera los grandes adelantos en investigación genética podrían dilucidar el árbol genealógico de ciertos perros de borde de carretera. Tal vez ese sea un campo de cultivo para nuestro próximo premio Nobel.
Escribir en un vehículo en movimiento no es buena idea. Si el mareo no amarga el rato es muy probable terminar escribiendo listas delirantes, lo que en últimas puede resultar peor.
Crónica V
Cuando el recorrido es más importante que el destino y la mejor respuesta es “porque si”
Por Andrés Burgos
De nada valen ni los bocinazos ni mis razones para apurarlas. Argumento que estoy practicando EcoSport y que tengo respaldo de una transmisión 4x4, frenos ABS, múltiples compartimentos para guardar equipaje y sistema de conectividad My Connection. Exijo respeto, pero las vacas en las carreteras colombianas se creen en la India.
Si atropellase a alguno, los conchudos semovientes se darían cuenta de que el vehículo también está equipado con air bags. Pero es mejor dejar las cosas de ese tamaño.
Voy rumbo a al final de la carretera en este recorrido que me he autoimpuesto a través de estaciones acuáticas. Mis metas, aunque lúdicas e inoficiosas, están para ser cumplidas. Así que desertar, tan cerca de la conclusión, no está en los planes. Reducir la velocidad y llenarse de paciencia, sí. En este momento mandan las vacas. Comedia o drama -y eso depende de uno mismo- el intermedio es ineludible. Así que resignación.
Por fin, con aires de seres sagrados, los animales desalojan el camino muy lentamente y puedo continuar. Llego a un punto perdido en la frontera de Risaralda y Chocó, donde la vegetación espesa sofoca la vía. Un destino que parece arbitrario. Y lo es. Como muchas de las cosas que nos dan felicidad y simplemente las hacemos porque sí, porque no están nada mal, porque la vida es corta. Necesitaba una referencia para ponerle un punto final a esta bitácora. Cerrar este capítulo, pero sólo temporalmente. No creo que sea un final definitivo. Una carretera que muere frente a la barreras de la naturaleza no es una cancelación, es una cita, un aplazamiento, un acuerdo para un próximo encuentro. Nos volveremos a ver.
Cuento
Ajiaco y la carretera
Por Andrés Burgos
Ajiaco vive al borde de la carretera en una acumulación de casitas entre El gran pandebono y Restaurant el remanso, ambiente familiar. No tiene un hogar específico. Los integrantes de cada vivienda piensan que pertenece al vecino. Mientras tanto, él se pasea a su albedrío, como las gallinas. Llegó hace una semana. Su procedencia es tan incierta como su raza. Nadie lo acogió, pero tampoco lo echaron. Así que se quedó.
Ajiaco no se llama todavía Ajiaco. Carece de nombre. Lo más cercano al reconocimiento que ha tenido es la mirada apática de una marrana gris, dueña de unas tetas a las que les falta poco para barrer el suelo. El cachorro sólo tendrá su bautizo oficial cuando encare a Tatiana y a Carlos. Es decir, a la muerte.
Tatiana y Carlos vienen de Bogotá. Llevan juntos el tiempo suficiente para saber que quieren seguir estándolo por el resto de sus días. Es la tercera vez que salen juntos de vacaciones, pero la primera que lo hacen en la Ford EcoSport que acaban de comprar.
Carlos ha aprovechado cada detalle del camino para explicarle las características del carro. Le ha hablado de la transmisión con 4x4, del sistema de conectividad My Connection, de los airbags… El entusiasmo lo hace parecer un manual con voz. A ella no le importa. Carlos está radiante y ella está radiante de verlo así.
A pocos metros de El gran pandebono, Carlos intenta que Tatiana entienda el concepto de frenos ABS. En ese preciso instante, Ajiaco ve al otro lado de la carretera algo que lo atrae inexorablemente. Cuando el perro empieza a cruzar la vía, la conversación entre la pareja se interrumpe con un grito. De inmediato el pie de Carlos en el freno hace aullar las llantas, que dejan su rúbrica en el asfalto. Cuando el vehículo se detiene, hasta las chicharras del monte se callan. Silencio.
Los ojos horrorizados de Tatiana se clavan en el asfalto. Luego giran hacia Carlos. Él recibe la mirada como un testimonio de relevo y se enfoca en la imagen del parabrisas. Tatiana hace lo mismo. Ambos miran al perro inmóvil. Silencio. Él los mira, aterrorizado pero intacto. Apenas se puede sostener en sus patas flacas, con la columna encorvada en un arco hacia el cielo. Todos están paralizados. Mudos también. Hasta que a Carlos le trepa un temblor por la garganta.
¿Cómo se llamará? –pregunta sin saber por qué.
Tiene cara de “Ajiaco” –especula ella, también shock.
El perro continúa sin moverse y sin apartar los ojos de ellos. Carlos resuella. Mira a Tatiana confundido. Ella les corresponde a él y a Ajiaco. También al espejo retrovisor, donde se contempla una fracción de segundo con ínfulas de eternidad. Y por fin, como quien entiende muchas cosas al mismo tiempo, abre la puerta y camina hacia el animal. Ya sabe exactamente en qué lugar de la casa va a dormir.