Cartagena con calma, o a ritmo de cumbia

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  Cartagena con calma, o a ritmo de cumbia

La virtud más obvia de Cartagena es la de poder combinar la más espléndida arquitectura colonial con la cercanía de hermosas playas caribeñas. pero resumir así sus encantos es dejar a un lado la historia, la herencia literaria, los restaurantes y, sobre todo, la posibilidad de conocerla —a medida que pasan los días, las músicas, las noches y las borracheras— cada vez mejor.

Primero vino la guerra y después el amor. Primero fueron las balas que los besos. Los libros de historia lo confirman: Cartagena antes que ciudad, fue fortaleza. Contenía a los piratas y a las tropas invasoras, defendía los intereses del reino español y fustigaba las malas intenciones de sus adversarios. Las murallas la hicieron fuerte y, con el tiempo, romántica, deslumbrante. Una pieza de filigrana en tiempos de paz.

Caminar sobre la muralla es sumergirse en la perspectiva de los cañoneros de otros tiempos. Al frente se ven el mar, el horizonte y los atardeceres color naranja. A espaldas se abren camino las calles de adoquín que conducen al centro. El sonido que surge entre el paso de los caballos y el suelo, impreso en el ambiente desde tiempos inmemoriales, se combina con el de la brisa que se filtra entre las angostas calles, formadas por grandes mansiones con sus balcones, geranios e historias.

Cuentan las leyendas populares que la llamada Calle Mantilla fue el escenario del amor y la desgracia para una pareja. Se amaron y caminaron por el centro, visitaron las plazas de Santo Domingo y de Bolívar, anduvieron en carrozas y se besaron. Cuando la boda estaba lista, él, el novio, se fue sin dar aviso y sin decir adiós. Ella, María Encarnación, tomó el velo de seda de su vestido y se ahorcó.

El mismo adoquín por el que transitan hoy cientos de parejas al año es el que le ha dado el toque mágico a la ciudad, un sello estético que obliga, dicen los viajeros, a recordar Andalucía, en España. No obstante, fuera de sus confines coloniales, Cartagena atesora todos los atractivos que aparecen en la mente cuando se escucha la palabra Caribe.

La historia conduce al centro, pero los hoteles, al sur, a Bocagrande. Enormes y modernas torres se levantan a pocos metros de la playa. Las calles de asfalto, los restaurantes y las aceras, adornadas de esquina a esquina por artesanos que venden bisutería, la transforman en ciudad costera, atiborrada de caminantes que buscan la luz del sol por debajo de los lentes oscuros.

Hoteles de tradición como el Caribe y el Hilton reposan en el último rincón de la vía que, paralela al mar, atraviesa la ciudad en una zona conocida como El Laguito. Desde Bocagrande, a lo lejos se pueden divisar los colores amarillos y cobrizos del lujoso Hotel Santa Teresa, la Catedral y la llamada Torre del Reloj, que se erige sobre los pórticos rocosos de la Ciudad Antigua.

Una caminata de 20 minutos por la avenida Santander, a la vera del mar, es suficiente para entrar al centro histórico. De noche, el trayecto es ideal para tomar un descanso, hablar tranquilos u observar los llamativos edificios costeros. De día, el recorrido es más exigente, la brisa del mar en ocasiones no consigue amainar el calor y si el ocio del viajero ha hecho mella, mejor sería tomar un taxi y evitar una leve insolación.

A pesar de la continua estela amarilla con la que el sol enmarca los rincones cartageneros, la luz no tiene la suficiente fuerza para iluminar el mar. El agua es oscura, como enlutada por las muertes de la guerra de otros tiempos, y la arena y las palmeras están lejos de copar las expectativas de quien llega a estas tierras con la imagen playera que se ha alimentado desde Hollywood. Sin embargo, el oleaje tranquilo y la suave brisa convierten las playas de La Heroica, como suele llamarse a esta ciudad por su resistencia a los invasores de otras épocas, en un buen lugar de descanso.

Para encontrar el imaginario del paraíso caribeño bastará con dirigirse al Muelle de la Bodeguita y buscar transporte con destino a las Islas del Rosario. Son más de 30 islas entre las que destacan Barú, Isla Grande, Isla Pirata y Playa Blanca.

Allí, el mar es de color turquesa, como en las postales, y la arena es clara como en las películas. La oferta es variada. Y el viaje puede realizarse en lancha o en yate. Existen tours que recorren varias islas, trayectos sencillos que sólo cubren el transporte y otros que se acompañan con bebidas y comidas.

Hoteles del sector colonial como El Agua y el Santa Clara, tienen sus versiones rosarinas en Barú, lo cual resulta ideal para pasar algunas noches allí y combinar dos viajes sin tener que moverse demasiado, o no, en línea recta.

Noches de influencia habanera

Cuando comenzaron a poblar el centro los tildaron de intrusos. Llegaron con sus costumbres, con el bullicio propio del costeño jovial que no parece tomarse nada en serio. Los observaron por encima del hombro como queriéndoles exigir una credencial de abolengo. Ellos, los nuevos pobladores, no cedieron y decidieron llevar sus vidas como si los demás no existieran, trabajaron en oficios varios y más pronto que tarde trajeron su descendencia al mundo.

Del otro lado estaban los residentes tradicionales, de un caudal económico notable. Corrían los primeros años del siglo XX y gente de otros lugares llegaba al centro persiguiendo el progreso. Las familias distinguidas prefirieron emigrar hacia nuevos sitios antes de relacionarse con quienes consideraban inferiores. Se trataba de una lucha de clases. Escogieron los terrenos de Manga, una isla cercana a espaldas de las murallas y tomaron como modelo el barrio cubano de El Vedado, en la Habana, un sector de grandes mansiones en las que podían dormir ejércitos completos.

Y al lado de sus caserones, sobre la bahía, los grandes señores construyeron viviendas más pequeñas en las que sus hijos vivirían una vez que contrajeran matrimonio. Así fue como se bautizó el Callejón de los Besos, la calle que se abría paso por entre las casas de los más jóvenes. Y (aún) enamorados.

Una buena parte de las casas se mantiene hasta hoy. Aunque no figura entre los principales atractivos turísticos de Cartagena, un paseo por Manga se convierte en una experiencia alucinante. Entre los caminos se levantan imponentes mansiones de corte cubano que decoran el recorrido y en uno de los extremos se alza el Fuerte de San Sebastián del Pastelillo, un lugar que dejó de ser uno de los fortines para defender la retaguardia para convertirse en el Club de Pesca, uno de los restaurantes más célebres de la ciudad.

Por momentos, Cartagena se cubre con un manto cubano que hechiza y remite al ambiente habanero. Bastará con sentarse en laplaza Santo Domingo, en la Ciudad Vieja, frente a la iglesia a la que debe su nombre, a cenar en una gran plaza. Pizzas, pastas, carnes, pescados, cervezas y vinos se acompañan del compás de una guitarra y cantantes que recuerdan las épocas doradas del Buena Vista Social Club. Ellos cantan y los comensales pagan una tarifa concertada. Si se quiere añadir un ingrediente más a la parafernalia cubana, entonces resultaría indicado pedir a los comerciantes, cazadores de deseos de turistas, que pongan en su boca un habano y una llama presta para encenderlo.

Los músicos cantan sones, boleros, vallenatos y dedican canciones, mientras la digestión se encarga de enfilar las energías para una noche de fiesta. La variedad es amplia y la Cartagena nocturna ofrece alternativas para todos los gustos.

A oscuras, al entrar a la Ciudad Antigua por la puerta que soporta la Torre del Reloj, entre las plazas de la Aduana y de los Coches, el sonido de congas y timbales estremece el silencio. Las cadencias del son, la salsa y el boogaloo tienen origen en Donde Fidel, un rincón de corte sencillo y auténtico donde el ron y el aguardiente son el combustible que enciende el fuego del baile tropical.

Getsemaní es uno de los sectores más fecundos en asuntos de diversión nocturna. Cerca de la ciudad amurallada, entre sus múltiples opciones alberga dos de los bares tradicionales de Cartagena: Quiebra Canto y Café Havana, lugares en los que las parejas se sorprenden rodeadas de pósters y fotografías que entregan a la imaginación un boleto directo a Cuba.

En plan más íntimo, conviene reservar la cava del hotel El Marqués para una cena privada: se ubica en lo que fuera un aljibe para almacenar agua en tiempos de la Colonia.

En caso de que la intención de pasar la noche sea más contemporánea, Café del Mar es una opción interesante. Está ubicado sobre las murallas en un sector que recibe el nombre de Baluarte de Santo Domingo. En este sitio, el contraste entre dos épocas se vuelve particularmente palpable. Las mesas colindan con antorchas encendidas y zanjas de piedra de las que salen cañones apuntando al mar. Y del otro lado, grandes bocinas reproducen pistas de lounge, chill out y house.

La vida nocturna termina de madrugada y cada amanecer es una nueva oportunidad para el pescado frito y los patacones en los restaurantes típicos, para el baile, para la historia. Antes, Cartagena combatía a los piratas que querían saquearla. Hoy llama a los visitantes y les abre los brazos. De combates ya no sabe mucho; el último enemigo al que derrotó fue el aburrimiento.